Comunico, luego existo


Por José Pichel Andrés. Tomado de Comunico, luego existo – Ciencia y Tecnología – Reeditor.com – red de publicación y opinión.

La ciencia se juega su supervivencia en estos tiempos de crisis. Los recortes en la financiación por parte de las administraciones públicas auguran malos tiempos no sólo para el presente, sino para muchos años, porque se están frustrando grandes proyectos y carreras científicas. Precisamente, esto ocurre cuando se hace evidente que sólo a través de la I+D+i podrá llegar un cambio económico que rescate a España de la crisis y evite situaciones similares en el futuro. Incluso sin crisis económica, en casi todos los países de Iberoamérica, por ejemplo, la situación es igual de grave o más porque ni siquiera han llegado a apostar nunca por el desarrollo científico y tecnológico.

¿Por qué desciende la inversión en ciencia mientras Hacienda hace la vista gorda con las deudas de los clubes de fútbol? La respuesta fácil está en la ineptitud de los políticos, pero rascando un poco más podemos preguntarnos el motivo de que no se planteen políticas científico-económicas diferentes. Volvamos a pensar en el fútbol: si ningún administrador de lo público se atreve a cuestionarlo, es por su evidente apoyo popular. En democracia, si la ciencia fuese una verdadera prioridad para los ciudadanos, inevitablemente lo acabaría siendo para los políticos.

 Precisamente, la virtud de la democracia es que el pueblo decide, aunque de manera indirecta. Y parte de sus defectos vienen de que no siempre los ciudadanos están bien informados para tomar las decisiones. ¿Conocemos la importancia de la ciencia? ¿Sabemos en qué trabajan los investigadores? ¿Tenemos alguna opinión formada acerca de las prioridades, por ejemplo, si hay que invertir en la lucha contra el cáncer o en las telecomunicaciones? Si la respuesta es no, ¿qué le vamos a pedir a los políticos?

 Durante décadas, la mayoría de los científicos ni siquiera se ha planteado si debía informar a la sociedad acerca de su trabajo. Aunque sólo fuese porque las investigaciones dependen en su mayor parte de fondos públicos, la obligación moral de hacerlo sería evidente, pero en nuestra época es sobre todo una cuestión práctica: la ciudadanía no demandará de los políticos una inversión en ciencia si desconoce su importancia para la economía, para la salud y para el progreso; no pensará en ella a la hora de votar si ni siquiera sabe a qué se dedican los científicos de su país o a qué podrían dedicarse. En definitiva, la ciencia necesita darse a conocer por su propia supervivencia.

 Del otro lado, también durante décadas, los medios de comunicación han ignorado la existencia de la ciencia si no era motivo de espectáculo y de polémica. Igual que los científicos, han comenzado a acercarse a la otra parte. Igual que los políticos, necesitan el empujón de la sociedad, porque no dejan de ser empresas que necesitan público para que les salgan las cuentas. Eso sí, no pensemos que la cultura científica es una responsabilidad exclusiva del periodismo, porque en realidad empieza en la escuela y sigue en los museos, en las exposiciones, en los libros y en innumerables actividades… Y este razonamiento, como pez que se muerde la cola, nos vuelve a llevar a la responsabilidad de los poderes públicos y a la iniciativa de los propios científicos.

 Aparte de estas cuestiones prácticas, hay otra razón que tiene que ver con la ética y la democracia: los ciudadanos deberíamos aspirar a que decisiones científicas trascendentales acerca de la energía nuclear, el cultivo de transgénicos o la investigación con células madre no sean arbitrarias, sino que estén basadas en una opinión pública bien formada e informada.

 Por todo ello, precisamente en estos tiempos es más necesaria que nunca la divulgación científica y la información sobre ciencia y hay que reclamárselas a los medios de comunicación, a los científicos y, sí, también a los políticos, que tienen en su mano implementar las políticas adecuadas para fomentarlas. Pensar que dentro de la ciencia esta tarea es secundaria es estar tan ciegos como el político que en tiempos de crisis decide que la ciencia puede esperar.